Ya disponible La culpa de Till

Capítulo 1

Todavía era de noche cuando llegaron al puerto de Grunnfarnes. El trayecto hasta allí desde Finnsnes, el pueblecito pesquero donde vivían, les había llevado hora y media por una carretera helada y llena de curvas. No amanecería hasta pasadas un par de horas. Estaba nevando y la temperatura había descendido hasta los diez grados bajo cero, pero un viento gélido arreciaba con fuerza, por lo que la sensación térmica sería de unos menos diecisiete. Dejaron la furgoneta aparcada a solo unos metros de donde el Ebba se hallaba amarrado al muelle y se dispusieron a comenzar su día de faena.

Como todas las madrugadas, Till baldeó la cubierta y su tío Gunnar organizó los cajones de almacenaje en la bodega. Una vez listos, soltaron amarras y pusieron rumbo al norte. Gunnar tomó asiento en la pequeña cabina de la embarcación sin perder de vista el GPS, y Till bajó al saloncito de proa a preparar café en el hornillo. Se agradecía tener algo caliente en el estómago. Al cabo de unos minutos, ambos tomaban el brebaje negro y fuerte sin azúcar, en silencio, mientras el barquito se bamboleaba a causa del desapacible oleaje. Su destino, un banco de skrei, estaba a unas ocho millas náuticas de distancia. Tardarían algo más de una hora en llegar hasta allí.

Till se llevó la humeante taza de café a los labios y miró a su tío de reojo. Era el hermano pequeño de su madre, aun así y debido a como se ganaba la vida, aparentaba muchos más años de los sesenta que tenía. Su rostro estaba agrietado y curtido por las inclemencias del tiempo y sus ojos azules habían perdido ya el brillo de la juventud. A pesar de todo eso, se notaba que amaba su trabajo. Durante unos años había tenido una tienda de ultramarinos, pero la cerró para volver al mar, a su casa, como siempre decía. Se encontraba más a gusto en un zozobrante barco que en tierra firme.

Sus manos manejaban el timón con firmeza, y Till las contempló con detenimiento durante unos segundos. Eran fuertes y estaban llenas de callos y de antiguos cortes. Bajó la mirada y estudió las suyas, que también estaban encallecidas; la derecha mostraba una larga y profunda cicatriz en el dorso, recuerdo de su primer intento de manejar el afilado machete, cosa que ahora hacía con gran pericia.

Llevaba ya tres temporadas trabajando en la pesca del bacalao skrei y había decidido que esa iba a ser la última. Estaban a finales de abril y la temporada estaba a punto de finalizar. Una semana más y el Ebba no volvería a salir hasta septiembre, cuando llegase la época del fletán. Pero entonces él ya no estaría allí. Después de tantos años ausente, había decidido volver a la civilización. A largo plazo, la dura vida de los pescadores del norte de Noruega no era para él. Esa etapa había acabado. Su tío ya lo sabía. Lo habían discutido hacía semanas y, en breve, Elías, un chaval del pueblo, ocuparía su lugar. No había resultado fácil encontrar a alguien que quisiese hacerlo; la gente joven ya no quería dedicarse a la pesca del skrei.

Cuando Till se presentó en casa de su tío Gunnar, hacía ya tres inviernos, este le había recibido como si se tratase del hijo pródigo. Su socio, Trond, acababa de jubilarse, y andaba buscando a alguien que le ayudase en su barco. Así que aprovechó que su sobrino venía huyendo del mundo y, sin hacer demasiadas preguntas, le convirtió en su ayudante.

Esa primera temporada Till descubrió lo que era trabajar duro de verdad. Se levantaban a las tres y media de la mañana y comenzaban a faenar a las cinco, en plena noche. Pasaban la mañana pescando bacalao con redes, luego lo degollaban y almacenaban en las bodegas hasta que a mediodía regresaban al puerto y lo entregaban en la planta procesadora. Un día sí y otro también, durante cuatro meses, hasta que acababa la temporada. El resto del año se dedicaban a la pesca del abadejo y del fletán, pero lo verdaderamente duro tenía lugar entre enero y abril.

Después de haber dejado la carrera, se había sentido perdido y liberado al mismo tiempo. Había llegado a Noruega sin saber muy bien qué hacer con su vida, pero siendo consciente de que tenía que alejarse de todo. Esos años trabajando junto a su tío habían sido lo que había necesitado. Se había encontrado a sí mismo o al menos encontró algo de paz.

—¿Dónde vas a ir? —La ronca voz de su tío le sacó de sus cavilaciones. Era parco en palabras y no solía hablar mucho, pero cuando lo hacía iba directo al grano.

—He contactado con una amiga que tiene un proyecto de negocio —repuso.

Gunnar no dijo nada. Sin apartar la mirada del mar, esperó pacientemente a que Till siguiese hablando.

—Quiere montar una escuela de surf en Baja y ha pensado en mí como instructor.

—¿Baja? —gruñó el otro.

—En México, en Baja California.

Por espacio de unos minutos ninguno dijo nada. El silencio solo se veía interrumpido por el ruido del motor de gasoil y el golpeteo de las olas contra el casco de hierro del barco. El viento parecía haber amainado.

—México… allí hará calor… —comentó Gunnar.

Till no contestó. Tampoco creía que su tío esperase una respuesta. Cogió ambas tazas, ya vacías, y se dirigió al pequeño fregadero a enjuagarlas. Después las guardó en la alacena debajo de la pila. Regresó y se situó al lado del timón. La claridad del amanecer comenzaba a mostrarse a su derecha. En poco tiempo sería de día.

—Esa chica…, ¿la conoces bien?

Por un momento Till no supo a qué chica se refería, pero rápidamente cayó en la cuenta.

—Ni bien ni mal. Fuimos juntos al instituto y luego hemos mantenido el contacto a través de las redes sociales.

Gunnar resopló.

Till trató de ocultar una sonrisa. Su tío despreciaba todo lo que tuviese que ver con ordenadores.

Se reclinó contra la consola y con la mirada perdida en el todavía oscuro horizonte, pensó en Amaya y en que hacía más de siete años que no la veía. Habían sido buenos amigos entonces. Ella tenía familia en Alemania y eso los había acercado. Pero las cosas se habían enfriado cuando él comenzó a relacionarse con quién no debía. Aun así, como le había dicho a su tío, desde que se había marchado de España, hablaban regularmente a través de Facebook y Twitter. No había semana que no lo hicieran. Y lo de asociarse había surgido de manera casual. Ella le había mencionado sus planes de hacerse cargo de una pequeña escuela de surf en Baja, propiedad de unos amigos que deseaban retirarse. Cuando Till, bromeando, le había dicho que podía contar con él en cualquier momento, que —a pesar de estar algo desentrenado— su título de monitor de surf seguía vigente, le había tomado la palabra.

Sonrió para sus adentros. Al principio no lo había considerado en serio, pero a medida que iban hablando más sobre el tema, había comenzado a ilusionarse. ¿Por qué no?, se preguntó. Tenía dinero ahorrado. La pesca del skrei reportaba unos buenos ingresos y hasta el momento no había encontrado en qué gastarlos. Así que habían llegado al acuerdo de ir a partes iguales en el negocio.

En un par de meses cambiaría las gélidas aguas del mar de Noruega por otras más cálidas del océano Pacífico.

Estaba impaciente.

Gunnar le hizo un gesto silencioso. Habían llegado a su destino. Till fue a buscar los trajes de aguas y su tío puso el motor en punto muerto y dejó la nave al pairo, cosa nada fácil debido a las corrientes de la zona. Se enfundaron los trajes y soltaron las redes en el primer lance de la jornada.

El arduo proceso de todas las mañanas comenzaba.

El ruido del renqueante motor del molinete mientras subía la red y los bacalaos enganchados en ella de uno en uno se imponía sobre el de las olas que rompían contra el casco. Algunos medían más de un metro y llegaban a pesar más de quince kilos. Till y Gunnar los liberaban de las redes, los degollaban con precisión y rapidez y los arrojaban a la pila llena de agua salada. Al cabo de un rato, el agua se había teñido de un color rojo oscuro y el fuerte olor a sangre flotaba pesado sobre ellos. Ambos permanecían en silencio, entregados a su trabajo, mientras el frío intenso los envolvía y la llovizna los empapaba. El amanecer bañaba la cubierta del barco, compitiendo con los potentes focos que hasta ese momento habían iluminado la escena. Cuando las pilas se llenaban de peces agonizantes, había que llevarlas a la bodega y hacer el traslado a los cajones de almacenaje. Y vuelta a empezar. Durante horas.

El Ebba tenía licencia para pescar hasta las ocho de la tarde, pero un par de horas después del mediodía, satisfechos y con las bodegas llenas, decidieron volver a puerto. Mientras Gunnar maniobraba el barco, Till se entretenía en echarles a las gaviotas los restos de pescado que habían quedado en cubierta. Las observó pelearse por los trozos que les arrojaba. Una cierta nostalgia le invadió. A pesar de la dureza del trabajo, iba a echar de menos esa vida, esa libertad que sentía cuando estaba en el barco… Pero skrei significaba nómada. Y así como el bacalao, que ahora llevaban en su bodega, había recorrido más de mil kilómetros para llegar hasta allí, él también tenía que marcharse y seguir adelante. Lo necesitaba.

Los cambios siempre eran buenos.

La cuadrilla de la planta procesadora los estaba esperando en el puerto para descargar la mercancía. Intercambiaron unas bromas y después, mientras Gunnar trataba con ellos, él se acercó a la furgoneta a buscar su móvil. Amaya había quedado en llamarle para contarle cómo iban las negociaciones del traspaso con los dueños del local.

Tenía una llamada perdida, pero no era de Amaya, era de su hermano. Le había intentado localizar hacía solo una media hora.

Apoyó la cadera contra la puerta del vehículo y jugueteó indeciso con el aparato. Hacía dos meses que no hablaba con Cas, y la última conversación había transcurrido como siempre, se habían limitado a hablar de temas superficiales y banales. Había sido incómoda y demasiado larga, al menos para él.

Su hermano seguía intentando poner de su parte y se esforzaba por mantener viva una relación que realmente… estaba muerta.

Había muerto hacía siete años.

Cerró los ojos con fuerza y tragó saliva. ¿Qué podía querer ahora?

Le devolvió la llamada. Era la única forma de salir de dudas, ¿no?

—Hola, Till. —La voz al otro lado del teléfono era jovial, como siempre.

—Hola, Cas —respondió de manera bastante más moderada—. Tengo una llamada perdida tuya.

—Sí. No tenía muy claro tu horario de faena, pero pensé que me llamarías cuando la vieras. ¿Cómo andas?

La conversación era absurda y Till apretó los labios, impaciente.

—Pues te puedes suponer. Bien —repuso, tajante.

Hubo un embarazoso silencio al otro lado de la línea, como si su hermano no supiese muy bien cómo abordar lo que tenía que decirle.

—Me caso —soltó al final.

—Enhorabuena.

—Queremos que vengas a la boda.

«¡No!», pensó.

—Es en tres semanas. Contamos contigo.

—Estoy bastante ocupado… —Se llevó una mano a la frente.

—La temporada de pesca acaba en unos días —le interrumpió Cas con dureza—. ¿Qué otros planes tienes?

Vaciló. Trató de encontrar alguna excusa que sonase verosímil. Pero no había ninguna. Lo de México se iba a posponer hasta después del verano, así que estaba disponible y, probablemente, su hermano lo sabía. Era exasperante, parecía estar siempre al tanto de todo.

—Llevamos siete años sin vernos. —El tono de voz de Cas se convirtió en algo parecido a un susurro cargado de amargura—. Ni siquiera conoces a tu sobrina. Mejor dicho, a tus sobrinas.

Till agarró el teléfono con fuerza. Ese ahogo que le provocaban los sentimientos de culpabilidad cada vez que pensaba en su familia volvía a oprimirle la garganta y a hacer que le sudasen las manos.

Esa vergüenza…

—¿Sigues recriminándote por lo que pasó?

La pregunta le cayó como un cubo de agua helada sobre la cabeza.

—Envíame un email con la fecha exacta. Estaré allí —masculló entre dientes. Necesitaba colgar.

—Till…

—¡He dicho que estaré allí! —casi gritó.

Y después cortó la llamada con violencia. Arrojó el móvil sobre el asiento del conductor y apoyó las manos en el techo de la furgoneta. La temperatura del helado metal le traspasó hasta los huesos, pero no se molestó en sacar los guantes de los bolsillos. Los copos de nieve caían con suavidad, derritiéndose cuando tocaban el suelo y convirtiéndose en agua sucia al contacto con la tierra y el asfalto.

Dejó pasear la mirada por el puerto. Al otro lado de la planta procesadora, al fondo, los secaderos de bacalao adornaban el agreste paisaje del pueblo. Miles y miles de piezas descabezadas colgaban a la intemperie, expuestas a los elementos.

Grotesca estampa…

Llevaba muchos años huyendo. Cuatro de ellos los había pasado enterrando la cabeza entre libros, fingiendo ser alguien que no era, y los otros tres, buscándose a sí mismo y tratando de olvidar el pasado y la culpa.

La vida acababa de retornarle al punto de partida.

Al parecer, del pasado no se podía huir. Este siempre te encontraba.

Fabio… el HOMBRE

En la “Revista Comentamos” del mes de diciembre me han dejado escribir un artículo (en clave de humor) que tiene mucho que ver con el maravilloso hombre de las fotos. (Podéis encontrarlo en la página 35).

Aquellos maravillosos años

Hace unos meses, por casualidad, leí en el blog de una escritora romántica bastante popular, que estaba contenta de que las portadas de las novelas de este género hubieran evolucionado y ya no fuesen tan horteras como en décadas pasadas, cuando mostraban a la supuesta pareja protagonista ligerita de ropa y en apretado abrazo.

Una opinión que yo no comparto. Reconozco que soy una nostálgica y que me encantan esas imágenes y no solo por su belleza, sino también por su significado.

Tengo claro que, al igual que todas las cosas del mundo (ropa, vehículos, peinados…) esas portadas tenían que evolucionar. Claro. Y lo han hecho, adecuándose a la década correspondiente. Si en los ochenta primaban esas escenas sensuales, a mediados de los noventa llegaron las ilustraciones florales o los héroes sin cabeza en los que solo se mostraba al modelo de cuello para abajo. Posteriormente a principios de este siglo se pusieron de moda las ilustraciones cómicas y las fotos de paisajes con caserón al fondo, para luego regresar nuevamente a la pareja que se abraza (pero esta vez no hay ilustración que valga, suele ser una foto de un banco de imágenes, y para muestra, un botón: véanse las portadas de mis propias novelas).

Sí, la evolución es buena y no podemos quedarnos estancados. Es renovarse o morir, ¿no? Pero de ahí a no reconocer el valor que tuvieron esas carátulas… No, no, no. Cumplieron su función y lo hicieron con bravura y valentía.

(*Nota: reducir el tono, no arengar).

Y a continuación empieza mi opinión personal, que es totalmente subjetiva y parcial, como suelen serlo todas.

[…]

El artículo completo aquí:

http://es.calameo.com/read/0041542994b79c89805fb

 

No hay contornos

 

Esta mañana no había contornos, quizá por eso tu imagen en mi mente era tan nítida…
Me he levantado antes de tiempo, como siempre desde que te conozco. Padezco de un extraño insomnio que me obliga a dormir pocas horas y a ver amanecer todos los días… A veces veo salir el sol, otros días como hoy solo veo jirones de nubes grises e informes cargadas de lluvia fría.
Como tenía tiempo de sobra me he ido antes al trabajo, mucho antes. Antes de que las farolas se hubiesen apagado y de que los coches con los que me cruzaba hubiesen desistido de usar sus luces mortecinas en este triste y solitario amanecer…
De pronto, esas nubes grises cargadas de lágrimas no derramadas han comenzado a llorar espasmódicamente, empapando la calzada y mi coche con ella. Mis limpiaparabrisas (absurdo nombre… parabrisas… ¿no deberían llamarse paralluvias?) apenas si podían contener la fuerza del agua contra los cristales, y mi visión empañada se empeñaba en dibujar contornos donde no los había.
He aparcado cerca, con tiempo de café y de horas extra. Pero no he abandonado mi coche. Me he limitado a apagar el motor y quedarme allí sentada en la cálida cáscara que esta mañana formaba mi envoltorio. A salvo de la lluvia y del frío. A salvo de los charcos y de las gotas enormes que siempre explotan sobre mi cabeza cuando carezco de paraguas en días como el de hoy.
He mirado a través del cristal sin ver absolutamente nada claro. Todo era difuso mezclado con el agua, que resbalaba ya sin freno una vez apagado el mecanismo de los “limpias”. Las casas sin contornos, la gente sin formas, los otros coches desdibujados… nada tenía su forma habitual. He cerrado los ojos y solo te he visto a ti, tan nítido como siempre en mi mente, con los contornos bien definidos y sin difuminar. Bien perfilado, como tú eres. Como yo te veo aunque no estés…

Y así, con tu imagen clara y perfecta ante mí, he dejado que pasasen los segundos, minutos tal vez, quizá fuesen horas, no sé… todo lo demás había desaparecido, arrastrado por la lluvia quizá…
Y he abierto los ojos, y nada tenía contornos excepto tú.

Fragmento “La lucha de Jan”

—Necesito ir antes y prepararme.

—Está bien —respondió, sabiendo que eso era lo que él necesitaba escuchar. Realmente hubiera deseado gritarle que no se marchase, que no la dejase sola.

Él le tomó el rostro con las manos. La miró de forma extraña, recorriéndole la cara de arriba abajo con ojos inquietos, como si quisiera memorizar sus facciones

—Todo va a ir bien —le susurró.

Y en ese instante ella se dio cuenta de que él mentía.

—Te esperaré despierta —le dijo, y se abrazó a su talle, apoyando la mejilla en su pecho, ratificando con sus palabras la mentira que él deseaba hacer pasar por verdad. Su corazón palpitaba fuerte y tranquilo, no como el de ella, que se había desacompasado y amenazaba con querer salírsele del pecho.

—Sí, espérame despierta —musitó él y ella notó su aliento sobre su frente. Se aferró con firmeza a su camiseta y levantó la cara. Sus ojos se encontraron un segundo antes de que él se inclinase y la besase.

Ella se abandonó al beso y a la fuerza de sus brazos. Sus labios eran cálidos y firmes, y sabían a promesas, a esperanza y a futuro, pero también a despedida, a tristeza y a desesperanza. Y a pesar de que su abrazo era apasionado y sólido, y dentro de él se sentía como en casa, notaba una desesperación y urgencia en él, que le provocó incertidumbre.

Quería romper a llorar, gritar como una histérica… pero cuando sus bocas se separaron y sus miradas volvieron a entrelazarse, lo único que pudo hacer fue regalarle una sonrisa temblorosa.

—Te estaré esperando. —No lo había pretendido pero las palabras abandonaron su boca en un tono suplicante. Se aclaró la garganta—. Te estaré esperando —repitió. Esta vez con más determinación.

Él asintió. Una mueca sombría se dibujó en su semblante. Pareció querer decir algo más, pero apretó los labios con firmeza, la soltó, y se dio la vuelta. Cogió su bolsa de deporte, que había dejado en el suelo junto a la puerta y miró a su hermano de reojo, que había permanecido en silencio mientras se despedían. Abrió la puerta y salió al exterior. Cas le siguió. El sol casi se había puesto del todo y solo una pequeña franja dorada destacaba en el horizonte. Se giró una última vez, con la mano en el picaporte, y la miró.

La historia de Cas – Capítulo 1

La historia de Cas

 

—¿No puedes ir más deprisa, Eli? —preguntó Tana, mientras intentaba pintarse los labios mirándose al espejo del parasol del asiento del pasajero—. A este paso no vamos a llegar nunca.

—No es tan fácil —repuso Eli—. Hace tiempo que no conducía un coche con marchas, y esta carretera no es precisamente la mejor. Hay demasiadas curvas. —Tuvo que levantar la voz para poder hacerse entender. Sandra y Alba iban sentadas en el asiento de atrás cantando a voz en grito la canción que sonaba en la radio, uno de los éxitos del verano.

Tana suspiró. Parecía impaciente por llegar al restaurante.

—No te agobies. No tenemos prisa. Estamos de vacaciones, ¿no? —Eli sonrió.

—¡Eso, eso! ¡Vacaciones! —gritó Alba desde atrás, mezclándose en la conversación—. No seas tan pushy, darling. Acabamos de llegar y ya estás protestando.

Eli dejó escapar una carcajada. Tana odiaba que Alba le hablase empleando anglicismos. No iba a tardar mucho en replicar. Tres, dos, uno…

—¡Oh por Dios! —exclamó Tana con exasperación—. ¡No me llames darling! Sabes que no lo soporto.

Sandra y Alba comenzaron a reír a carcajadas. ¡Era tan fácil sacar a Tana de sus casillas! Incluso Eli, la más calmada de las cuatro, sonrió benevolente.

—Deberías relajarte, Tana —intervino Sandra después de haber superado el ataque de hilaridad—. ¿Cuánto tiempo hace que no nos juntamos para pasar unos días de vacaciones? ¿Dos, tres años?

—Este es el tercer año —repuso Alba—. Llevábamos tres años sin hacer nada juntas y ahora, gracias a —enfatizó—, nos hemos vuelto a reunir.

Era cierto.

Desde que se habían convertido en adultas cada vez les resultaba más difícil organizar algo juntas. Hacía tres años, porque la madre de Alba había fallecido, hacía dos, porque la boutique de Tana no podía prescindir de ella, y el año anterior, porque Eli y Sandra estaban fuera, terminando un máster.

Pero finalmente habían conseguido coordinar sus agendas y, como muy bien había dicho Alba, había sido gracias a ella. Ella era la que había organizado ese viaje  para despedir su soltería. Sus futuros suegros le habían prestado su casa en la costa para que pudiese pasar allí unos días con sus amigas.

Habían llegado esa misma tarde en avión desde Madrid. Un fabuloso Mini Cooper rojo descapotable las había estado esperando en la oficina de alquiler de coches del aeropuerto, y en menos de una hora se habían presentado en la urbanización donde los padres de Jaime, el prometido de Alba, tenían el chalet. La Urbanización Eden Park era una de las más exclusivas de la zona, o al menos eso les había explicado Alba por el camino. Disponía de campo de golf, pistas de tenis, diversas piscinas comunitarias  —aunque cada propiedad tenía la suya propia como habían comprobado al llegar— y un par de restaurantes de lujo. Tenía vigilancia las veinticuatro horas e incluso un médico disponible todos los días de la semana.

El chalet de los padres de Jaime estaba muy bien situado, justo al final de un bosquecillo de pinos algo elevado, por lo que las vistas al mar eran fantásticas. Era una casa de dos plantas de estilo moderno, construida no hacía mucho. Tenía un enorme jardín en la parte trasera donde se ubicaban la piscina y una pequeña edificación que contenía la sauna y el jacuzzi.

Ninguna de las cuatro se había sentido abrumada ante tanta magnificencia. Procedían de hogares privilegiados y estaban acostumbradas a ese tipo de lujos. Eli veraneaba todos los años en Formentera, en el yate de sus padres. Las familias de Tana y Alba tenían casas de vacaciones en Laredo y en Comillas, y Sandra acostumbraba a pasar los veranos en las Maldivas, con su padre.

Las cuatro muchachas se habían apresurado a elegir habitación y a deshacer las maletas. Estaban impacientes por empezar las dos semanas de lo que iban a ser vacaciones-despedida-de-soltera-juerga-desenfrenada. Ataviadas con ropa cómoda pero elegante, se habían puesto en marcha dispuestas a comerse la ciudad, o mejor dicho, el pueblecito costero al que pertenecía la urbanización. Sin perder ni un instante se había decidido que Eli fuese la conductora. Era la única que no solía beber alcohol y les había parecido lo más lógico.

—¿No es un poco pronto para cenar? —preguntó Sandra mirando su reloj de pulsera.

—Son las siete —contestó Tana—. Seguro que cuando lleguemos, si llegamos —añadió con énfasis, mirando a Eli de reojo—, el sitio estará lleno de guiris tomándose el postre.

—Bueno, hagamos horario europeo entonces. Seamos decadentes y cenemos pronto. —Alba se recostó contra el respaldo del asiento y comenzó a juguetear con su móvil.

—¿Has sabido algo de Jaime? —le preguntó Sandra.

—Sí, claro —repuso con una sonrisa—. Está reunido, pero ha tenido tiempo de mandarme un mensaje y decirme que mañana nos vemos. Nos vamos a navegar en su catamarán.

—¡Oh, genial! —La voz de Tana no denotaba ningún tipo de entusiasmo.

—No seas aguafiestas —dijo Alba, inclinándose y tirándole del pelo.

—No soy aguafiestas, pero ya sabéis que me mareo terriblemente.

—Pues no te puedes quedar en tierra. Hemos quedado en divertirnos todas juntas.

—Lo sé, lo sé, ¿pero no podemos ignorar lo del catamarán?

—¡No! Va a ser genial. Anda Eli, dile algo.

—A mí dejadme en paz, ya sabéis que yo me amoldo a todo.

Estaba centrada en la infame carretera llena de curvas y no prestaba atención a la conversación. Había bajado el volumen de la radio porque las canciones le impedían concentrarse. Tenía problemas para aclararse con las marchas. Hacía mucho tiempo que no conducía un coche así, desde que se había sacado el carnet hacía siete años más o menos. Estaba acostumbrada a conducir vehículos automáticos: simples e intuitivos.

La carretera era la típica carretera secundaria, de dos carriles, uno en cada sentido; y Eli agradeció el poco tráfico que había a esas horas. Sabía que iba demasiado despacio. Aunque se podía ir a noventa kilómetros por hora, ella no había llegado a pasar de los sesenta. Con tanta curva, ¿quién era el loco que se ponía a noventa?

De vez en cuando su mirada abandonaba la calzada y se clavaba en el invitador mar azul, que según iban aproximándose al pueblo, cada vez aparecía más cercano. A su izquierda, la montaña descendía hasta acabar en la playa; y a la derecha, la pendiente de la ladera se encontraba salpicada de casitas blancas pertenecientes a diversas urbanizaciones. Las vistas eran impresionantes. Kilómetros y kilómetros de agua azul turquesa con pequeños barcos meciéndose sobre ella. El sol de la tarde se reflejaba de manera curiosa sobre el líquido elemento creando sorprendentes efectos, y convirtiendo la imagen en una pintura de Sorolla. El pintor había nacido cerca de allí, ¿no? Quizá por eso el escenario se asemejaba tanto a uno de sus cuadros.

El tiempo a finales del mes de junio en el Mediterráneo era perfecto, decidió. Como un sueño hecho realidad.

Mientras sus amigas se enzarzaban en una discusión sobre sus planes para el día siguiente, si era mejor pasar el día en la playa o en la piscina, ella comenzó a relajarse. Eran sus primeras vacaciones de verdad en los últimos tres años, y estaba decidida a pasárselo bien. Tenía muchas cosas en qué pensar, pero esos quince días que tenía por delante no los iba a malgastar con absurdas meditaciones o quebraderos de cabeza. Ya se agobiaría cuando regresase a Madrid. Ya decidiría qué era mejor para ella. No deseaba pensar en Lalo ni en las últimas exigencias de su madre, o en su inexistente carrera como abogada. Ya tendría tiempo de tomar decisiones.

En Madrid.

Después.

—Dice Jaime que es un sitio fantástico, en primera línea de playa, y sirven un marisco fabuloso —decía Alba en esos momentos.

—Entonces seguro que está hasta arriba de gente. Espero no tener problemas para aparcar —intervino Eli en la conversación.

—¿No habrá un parking cerca? —preguntó Sandra, al tiempo que se recogía el enredado pelo castaño con las manos. Las desventajas de viajar en descapotable.

—Qué va —repuso Alba—. He estado viendo imágenes en Google Maps y no hay nada parecido. Es un pueblo pequeño.

—Seguro que algo encontramos —dijo Tana volviendo a observar su imagen en el espejo del parasol.

—Estás perfecta, darling. No hace falta que te mires tanto. —Alba sonrió con malicia, utilizando el epíteto, a sabiendas de que la otra lo odiaba.

En efecto, pensó Eli, Tana estaba perfecta. Siempre lucía impecable, con su cuidado bronceado y su manera elegante de vestir. Llevaba un vestido azul marino de tirantes que marcaba sus pronunciadas curvas de las que estaba tan orgullosa y que Eli en secreto envidiaba. Su pelo castaño oscuro, recogido en una coleta alta, no se había despeinado a pesar del viento.

—¡Ya llegamos a la playa! —gritó Sandra, excitada.

Eli suspiró. Sí, estaban llegando a la playa y —¡oh qué sorpresa!— ni un solo sitio donde dejar el maldito coche. Redujo a segunda y giró a la derecha, siguiendo el cartel que decía A la playa, 500 metros.

—El restaurante está al final de la avenida —intervino Alba consultando su móvil.

Eli comenzó a ponerse nerviosa. Si ya en esas calles adyacentes no había sitio para aparcar, la simple idea de encontrar un hueco en primera línea de playa le pareció algo más que improbable.

Volvió a suspirar.

—No pares aquí. Vamos a ver si hay sitio junto al restaurante —dijo Tana.

Eli la miró con cara de pocos amigos. ¿Parar aquí? ¿Dónde? ¿Encima de otros coches? ¿En la acera?

Al final de la avenida volvió a girar a la derecha; la carretera iba en paralelo con la playa. Una playa ancha, de piedras blancas que brillaban al sol. Solo se podía aparcar a un lado de la calle, frente a los restaurantes, chiringuitos y tiendas de souvenirs. No había ni un solo hueco libre, claro.

—¡Mirad! ¡Ese es el restaurante! ¡Crazy Coconut! —exclamó Alba señalando justo delante.

El restaurante se encontraba en una esquina. Grandes sombrillas blancas, con el logotipo del local, proporcionaban sombra a la profusión de mesas. La mayoría ocupadas por lo que parecían ser familias extranjeras.

Eli, aprovechando que no tenía ningún vehículo detrás, disminuyó la velocidad para que pudiesen observar el local cómodamente.

—Está hasta la bandera —dijo Tana.

—Menos mal que hemos reservado, ¿no? —repuso Alba.

—Lo primero es encontrar un sitio donde dejar el coche —intervino Eli, intranquila. Odiaba aparcar en línea, acostumbrada como estaba a dejar el coche en su garaje en batería.

—Da una vuelta y a lo mejor tenemos suerte —dijo Sandra.

Eli dudó un instante. Mentalmente visualizó cuál era la marcha adecuada para arrancar. Era primera. La metió, pisando el embrague, y siguió adelante, doblando la curva.

—¡Eh! ¡Mira! ¡Allí se va uno! —gritó Alba desde el asiento de atrás, apuntando con la mano.

Eli frenó bruscamente.

—¡Cuidado! —la reprendió Tana—. Casi me como el airbag.

Sorry —murmuró Eli observando el hueco que quedaba libre justo frente a ella. Un Ford Ka se marchaba, dejando un sitio diminuto al lado del restaurante, entre una moto y un Seat Ibiza—. No creo que quepa.

—Sí cabe. Solo tienes que maniobrar un poco —afirmó Tana con seguridad.

Eli parpadeó, calibrando la situación poco convencida. Dejando escapar un pequeño suspiro, puso el intermitente y se dispuso a aparcar. El hueco era realmente diminuto y empezó a sudar, incómoda. Se secó las manos en la falda de su vestido y comenzó a dar marcha atrás, pendiente de la moto que tenía a su espalda en el espejo retrovisor.

Rozó el bordillo.

Enderezó el volante y volvió a sacar el coche poco a poco, pendiente del Seat Ibiza que tenía delante.

Volvió a meter la marcha atrás y lo intentó de nuevo.

Bordillo.

Metió primera e intentó sacar el coche otra vez.

Pero, de pronto, algo sucedió. Como por arte de magia el coche se deslizó hacia atrás en vez de ir hacia adelante.

—¡Para! ¡Para! —gritaron las otras al unísono.

Demasiado tarde.

La parte trasera del Mini chocó contra algo.

Eli cerró los ojos y frenó de golpe.

Oyó un ruido que le pareció ensordecedor.

Seguía con los ojos cerrados cuando una voz profunda y varonil, a pocos metros de ella, la sacó de su estupor.

Bist Du blöd? Was ist mit Dir los? Hast Du das Motorrad nicht gesehen oder was? Meine Fresse bist Du ein Idiot!

Eli no pudo entender ni una sola palabra, pero el tono con el que las frases abandonaban la boca masculina era más esclarecedor que su significado. Abrió los ojos y miró a su alrededor. Sus amigas parecían paralizadas, y el propietario de la voz había desaparecido.

No, no había desaparecido. Estaba detrás del Mini, agachado junto a la moto, al tiempo que lanzaba improperios en varios idiomas.

Eli se bajó del coche, evitando cruzar la mirada con las personas que se habían parado a ver qué sucedía. La situación era más que humillante, y sintió cómo le ardía la cara de vergüenza. Odiaba llamar la atención. Y aunque debería haber estado acostumbrada, dada la frecuencia con la que su cara aparecía sobre el papel cuché, no lo estaba; seguía resultándole incómoda tanta notoriedad, incluso después de todos esos años en el candelero. Sus amigas la miraban con diferentes grados de contrición.

Con las piernas temblorosas, se dirigió a la parte trasera del vehículo. El propietario de la moto había conseguido levantarla y estaba en cuclillas,  inspeccionando los daños. Eli clavó la mirada sobre la ancha espalda, cubierta por una camiseta negra. Tenía el pelo rubio bastante corto, lo que dejaba su bronceada nuca al descubierto. Murmuraba algo.

I´m so sorry —comenzó ella en inglés, con un tono de voz apenas audible—. I haven´t…

—Fuck! Fæn! Fæn! exclamó él interrumpiéndola—. ¡Joder! ¡Joder!

Eli se sobresaltó ante el exabrupto. Bueno, si algo estaba claro era que él hablaba español, con un ligero acento, pero español.

—Como te decía —lo intentó de nuevo con la voz un poco más firme—, lo siento muchísimo. No sé qué me ha pasado. Creí que había metido primera pero no era… esa marcha… y creo…, he debido equivocarme y seguía con la marcha atrás—. Las palabras se atropellaban una contra otra en su prisa por dar explicaciones. Siempre que se ponía nerviosa le sucedía lo mismo. Le costaba formar frases coherentes—. Pagaré. Pagaré lo… lo que haga falta, aunque supongo que el seguro lo cubre pero… si no… quiero decir, de todas maneras, si no es así, pásame la factura y yo me encargo de todo, claro…

Él la ignoró. Seguía agachado, mientras recorría con la mirada la brillante carrocería de su moto, centímetro a centímetro. Extendió una de sus manos y acarició, casi con reverencia, el asiento de cuero. Eli le contempló sin saber muy bien si seguir hablando o no. Parecía haberse olvidado de su presencia, tan ensimismado estaba comprobando los desperfectos.

Nerviosa, buscó en su bolso y sacó una de las elegantes tarjetas de visita que su madre había insistido en que se hiciese. Solo aparecía su nombre y su número de teléfono. Después sacó un bolígrafo y anotó los datos del coche y de la compañía de seguros en el reverso.

—Esta es mi tarjeta, y estos son los datos del vehículo; en cuanto sep… —se interrumpió al ver cómo él se incorporaba con lentitud, todavía dándole la espalda.

Era un hombre alto, muy alto. Ella medía un metro setenta y con los tacones alcanzaba el metro setenta y ocho, pero él todavía le sacaba más de una cabeza.

El gigante propietario de la moto se giró lentamente y la miró.

Sintió cómo si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago. Se quedó allí, mirándole con fijeza, con la mano extendida tontamente, con su tarjeta en ella. Si la perfección existía, la tenía delante de ella. Un metro noventa de puro músculo, bronceado por el sol, con los ojos más azules y el pelo más rubio que hubiera visto nunca en su vida. Y esa nariz recta… Y la barba incipiente cubriendo la parte inferior de su rostro… Y los labios carnosos, pero no demasiado… Y esas pestañas un poco más oscuras que su pelo… Y esos dientes blancos que su sonrisa despectiva dejaba entrever… Y esos pectorales debajo de la ajustada camiseta… No se atrevió a mirar más abajo… De pronto, su imaginación se disparó y la imagen de ese pecho musculoso cubierto por una camiseta mojada acudió a su mente…

Tragó saliva. Una vez. Dos veces.

El vikingo, pues no se le podía llamar de otra manera, la observaba de arriba abajo, con insolencia y los ojos entornados. Dejó pasar un par de segundos en los que pareció serenarse antes de, pausadamente, casi con desgana, tender la mano y hacer amago de coger la tarjeta que ella le ofrecía.

El brazo que él había extendido estaba cubierto de tatuajes. Incluso el dorso de la mano y los nudillos mostraban marcas de tinta y Eli, que no se lo esperaba, dio un paso atrás, intimidada, y con la boca abierta. Era la primera vez en su vida que se encontraba frente a frente con alguien tan tatuado como él. El otro brazo estaba también cubierto de extraños dibujos negros, se percató aturdida.

Él, ante su reacción, arqueó una ceja burlonamente. Dio un paso al frente y se aproximó más, invadiendo su espacio, para poder coger la tarjeta que ella estuvo a punto de dejar caer al suelo en su prisa por soltarla y no rozarle. Toda la belleza que antes le había golpeado en el estómago, de pronto había quedado eclipsada por esos brazos tatuados.

«¡Qué… vulgar!», pensó muy brevemente.

El gigante-vikingo-dios-nórdico leyó el nombre que aparecía sobre el rectángulo blanco antes de levantar la mirada y clavarla en el rostro de ella.

—¿Eli? Te llamas como mi perra —espetó con voz ronca. Decía las erres con un acento extraño.

—Eh, pero ¿a ti qué te pasa? Eres un maleducado. Ya se ha disculpado —dijo Tana desde el coche, su voz cargada de indignación.

Él se limitó a lanzarle una breve mirada arrogante antes de volverse hacia Eli y examinarla como si se tratase de un bicho raro.

Ella sintió cómo le ardían las mejillas. Miró a su amiga de reojo y negó con la cabeza. No deseaba montar ninguna escena. Odiaba que su madre hubiese decidido hacer las tarjetas con su diminutivo en lugar de con su nombre completo, pero nunca antes nadie se había permitido el atrevimiento de hablarle así y ser tan grosero a propósito con ella. Estaba claro qué tipo de hombre era aquel, por más atractivo —mejor dicho, increíblemente guapo— que fuera. Decidió ignorar la provocación y se aclaró la garganta antes de responder con mucha dignidad.

—Como te he dicho antes, para cualquier cosa no dudes en llamar a ese número, o si tienes tiempo ahora podemos rellenar los papeles del seguro…

Él negó con la cabeza.

—No. Ahora no puedo perder el tiempo. Tengo cosas que hacer.

Ella asintió, aliviada. La situación era de lo más incómoda. Más de dos docenas de curiosos se habían parado a ver qué había sucedido y seguían allí, esperando el desenlace de la escena. Además, la mayor parte de los clientes del Crazy Coconut también los observaban con curiosidad. ¡Qué situación más horrible! Esperaba que nadie la reconociese.

Sus amigas la miraban con interés y el propio gigante tenía esos impresionantes ojos azules clavados sobre su persona.

—Entonces…

—Entonces, mejor me llevo la moto para que puedas aparcar —concluyó él con ironía, guardándose la tarjeta en el bolsillo trasero de sus vaqueros y dándose la vuelta sin molestarse en volver a mirarla.

Ella no pudo evitar seguirle con los ojos.

¡Dios!

¡Tenía un culo perfecto! Ese tipo de culo que solo tienen los modelos de ropa interior: musculoso y firme; ni demasiado delgado ni demasiado respingón… era uno de esos culos que solo se veía en las películas…

¡No! Pero ¿en qué estaba pensando? ¿En el culo de un desconocido?

Cerró los ojos mortificada, y no los volvió a abrir hasta que el rugido del motor de la moto no llegó a sus oídos. Podía escuchar los murmullos de sus amigas a su espalda, pero no entendió lo que decían.

El vikingo se había puesto un casco negro y unas gafas de sol Ray Ban, que le quedaban ridículamente bien, y sacaba la moto del hueco andando hacia atrás. A pesar de ser una máquina enorme, la estatura de él hacía que pareciese pequeña entre sus piernas… Sin siquiera un gesto en su dirección o una mirada, aceleró y se marchó.

Eli se quedó embobada viéndole partir. Casi agradeció que no se hubiese despedido. Tenía que admitir que su simple presencia la intimidaba. Y aquellos  tatuajes…

—¡Por Dios! —La voz de Tana la sacó de su estupor—. ¿Habéis visto eso? ¡Menudo tío bueno! ¡Está para comérselo! Era un poco imbécil, pero para pasar un rato con él…

Eli pareció reaccionar de pronto. Agitando la cabeza como para dispersar la niebla en la que parecía flotar su cerebro, se metió en el coche y volvió a meter primera.

Esta vez aparcó sin dificultad. Por supuesto.

Hot, hot, hot —declaró Alba silbando de admiración, mientras que Sandra fingía abanicarse con las manos.

—Tenía un culo de diez —alabó Tana.

A pesar de que pensaba lo mismo que sus amigas, no dijo nada; todavía estaba intentando recuperarse.

Suspiró.

La chica del pelo azul – verdades y fantasías

Desde que la novela se publicó ha habido mucha gente que me ha preguntado sobre la veracidad de algunos hechos, así que voy a contar qué hay de cierto y qué no…

Está claro que Álex y Robert son personajes de ficción, aunque sí que existió un personaje llamado Robert FitzStephen coetáneo de mi héroe (Álex lo menciona en la novela). El resto de los personajes que aparecen tanto en la época moderna: Lola, el abogado, la abuela de Álex…, como en la Edad Media: Ralf, William, Jamie, Pain, Mildred… son absolutamente inventados.

Las únicas personas que verdaderamente existieron son, como no, el fabuloso librero Chrètien de Troyes (el pobre y verdadero escritor medieval probablemente se retorcería en su tumba centenaria si se enterase de que lo he utilizado para que se encargue de una librería misteriosa…); también Henry II de Inglaterra, el conde de Hereford, el renegado Hugh de Mortimer y quizá el más importante de todos: el obispo Gilbert Foliot. Todo lo que cuento sobre él, sobre su carácter y su educación ha sido documentado. No ofició la boda de Álex y Robert, claro está… 🙂

Respecto a los hechos en sí, hay algunos como el del asedio del principio que es absolutamente verídico. Tuvo lugar tal y como lo relato y duró exactamente el tiempo que dura en la novela. Su desenlace fue el mismo que se narra.

En cuanto a los lugares… cualquiera que se haya paseado por Madrid sabrá que el recorrido que hace Álex para llegar hasta la librería es más que real, la mítica Puerta del Sol (por fin vuelve a llamarse Sol la parada del metro), la todavía más famosa Posada del Peine, el Arco de Cuchilleros… todo más que verdad, verdadera 🙂

Chrètien de Troyes, librería ha sido una licencia mía, no la busquéis 🙂

Black Hole Tower y Ashen Grove Castle no existieron como tales, pero sí hay una zona en Herefordshire que antiguamente contenía un bosque y que se llama Black Hole Lane. Muy cerca de allí hay un lago, un lago que muy bien podría haber sido el maravilloso lago donde la historia de amor de Álex y Robert se desarrolla.

¿Queréis saber más? ¿Tenéis más preguntas? Contactadme: laurasanzautora@gmail.com 🙂

Río Lugg - que Ále hubo de atravesar para llegar hasta el lago desde la casa de Mildred

Río Lugg – que Álex hubo de atravesar para llegar hasta el lago desde la casa de Mildred

¡Ya disponible!

Casi no me lo creo, pero después trabajar muchísimo, de corregir el borrador mil veces y de tener cientos de problemas a la hora de maquetar… ¡tachán!  La chica del pelo azul ya está disponible en Amazon. De momento solo ahí (no he tenido tiempo de nada más), pero espero que en un futuro pueda estar a la venta en otras plataformas digitales.

Simplemente quería decir eso, que el libro ya está a la venta, que espero que la historia de Robert y Álex os apasione tanto como me ha apasionado a mí escribirla y que me hagáis millonaria comprando ilimitadas unidades del libro 🙂

Los enlaces de compra están por todas partes, en el Menú-Inicio, en el Menú-Libros…

Y sin más me despido.

Con cariño

Laura

Fragmento

“Álex cerró los ojos un instante y se mordió los labios indecisa. Había tantas cosas que le hubiese gustado decir y ahora que se encontraba cara a cara con él no sabía ni cómo ni por dónde empezar.

Robert, como si no pudiese soportar ni un segundo más el seguir contemplándola, se giró y comenzó a despojarse de su ropa. Se quitó la capa, la sobreveste y con algo más de esfuerzo la pesada cota de mallas y el gambesón. Después, solo ataviado con las calzas, las botas y la camisa, que presentaba un aspecto lamentable, se volvió hacia ella, que le observaba en silencio. Dejó escapar un suspiro.

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